Una mujer fue a un almacén de mascotas y compró una lora para que le hiciera compañía. Llevó el ave a casa, mas el día siguiente volvió al almacén.
—¡Esta lora todavía no ha dicho ni una palabra!—informó.
—¿Le puso un espejo?—preguntó el tendero—. A las loras les encanta mirarse en el espejo.